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Fármacos inmunosupresores en nefrología
Dr. Adolfo Díaz
16 de Junio de 2026

Un escenario frecuente en nefrología es el de un paciente con síndrome nefrótico persistente pese al manejo inicial con medidas antiproteinúricas y glucocorticoides. En estos casos, la decisión de iniciar terapia inmunosupresora suele marcar un punto de inflexión en la evolución de la enfermedad renal. Las glomerulopatías inmunomediadas, que incluyen entidades como nefropatía membranosa, nefritis lúpica, vasculitis asociada a anticuerpos anticitoplasma de neutrófilos (ANCA) y glomeruloesclerosis focal y segmentaria (GEFyS), representan una proporción importante de todas las glomerulopatías. En muchas de ellas, el daño renal es consecuencia directa de la activación sostenida del sistema inmune, lo que convierte a la inmunosupresión en una herramienta terapéutica central.
Entre los fármacos clásicos utilizados en este contexto se encuentra la ciclofosfamida, un agente alquilante que interfiere con la replicación del ADN y suprime la proliferación de linfocitos B y T. Este fármaco sigue teniendo un papel fundamental en enfermedades autoinmunes graves, particularmente en glomerulonefritis asociadas a ANCA y en nefritis lúpica proliferativa. En la práctica clínica se utilizan dos esquemas principales: administración oral diaria a dosis aproximadas de 1.5 a 2 mg/kg o pulsos intravenosos intermitentes de 500 a 1000 mg/m2 cada 3-4 semanas. Los esquemas intravenosos han sido preferidos en muchos centros debido a una menor exposición acumulativa y es importante mencionar que en México no contamos con la versión oral. La vigilancia debe incluir biometría hemática seriada por el riesgo de leucopenia, además de medidas para prevenir cistitis hemorrágica, como hidratación adecuada y, en algunos casos, el uso de mesna.
Los inhibidores de calcineurina (ICN), principalmente ciclosporina y tacrolimus, constituyen otra clase importante de inmunosupresores en nefrología. Estos fármacos inhiben la activación de linfocitos T al bloquear la fosfatasa calcineurina, lo que reduce la producción de IL-2 y la expansión clonal de células inmunitarias. Además de su efecto inmunológico, tienen un impacto directo sobre el podocito que contribuye a la disminución de la proteinuria. En la práctica clínica se utilizan con frecuencia en síndrome nefrótico dependiente o resistente a esteroides, GEFyS y nefropatía membranosa. Tacrolimus suele iniciarse a dosis de aproximadamente 0.05 a 0.1 mg/kg ajustando según concentraciones valle. Ciclosporina se administra habitualmente a dosis de 3 a 5 mg/kg. La monitorización terapéutica es esencial debido al riesgo de hipertensión arterial, hiperkalemia y alteraciones metabólicas.
El micofenolato de mofetilo ha ganado un lugar destacado en el manejo de varias enfermedades glomerulares, especialmente en nefritis lúpica. Su mecanismo de acción consiste en la inhibición de la enzima inosina monofosfato deshidrogenasa, necesaria para la síntesis de purinas en linfocitos, lo que reduce selectivamente la proliferación de estas células. En la práctica clínica suele administrarse en dosis de 1 a 1.5 gramos dos veces al día en adultos durante la fase de inducción de nefritis lúpica. Posteriormente puede continuar en dosis menores como terapia de mantenimiento. Los efectos adversos más frecuentes incluyen síntomas gastrointestinales, leucopenia y mayor susceptibilidad a infecciones, por lo que es recomendable realizar controles periódicos de biometría hemática y vigilar la tolerancia gastrointestinal.
En los últimos años, la terapia biológica ha modificado el panorama del tratamiento inmunosupresor en nefrología. Rituximab, un anticuerpo monoclonal dirigido contra el antígeno CD20 de los linfocitos B, produce depleción prolongada de estas células y reduce la producción de autoanticuerpos. Su eficacia ha sido demostrada en enfermedades como vasculitis asociada a ANCA y nefropatía membranosa. En la práctica clínica, se utilizan esquemas como dos infusiones de 1000 mg separadas por dos semanas o cuatro dosis semanales de 375 mg/m2. Antes de iniciar el tratamiento se recomienda evaluar estado serológico para hepatitis B, ya que la reactivación viral es una complicación reconocida. También es importante monitorizar los niveles de inmunoglobulinas en tratamientos prolongados.
A pesar del desarrollo de nuevas terapias, los glucocorticoides continúan siendo el pilar inicial del tratamiento en muchas enfermedades glomerulares. Su efecto inmunomodulador se produce mediante la regulación de múltiples vías inflamatorias y la inhibición de la producción de citocinas. En escenarios como enfermedad de cambios mínimos (ECM) o glomerulonefritis rápidamente progresiva, los esteroides suelen administrarse en dosis altas durante la fase inicial de tratamiento. Sin embargo, el uso prolongado se asocia con efectos adversos significativos, incluyendo diabetes, osteoporosis, aumento de peso, infecciones y complicaciones cardiovasculares. Por esta razón, una estrategia frecuente en nefrología moderna consiste en utilizar otros inmunosupresores para reducir la exposición acumulativa a glucocorticoides.
En la práctica clínica, el éxito del tratamiento inmunosupresor depende tanto de la elección adecuada del fármaco como de la vigilancia estrecha de sus efectos adversos. Cada clase farmacológica tiene un perfil de eficacia y toxicidad particular, por lo que la selección debe individualizarse según la enfermedad renal específica, el grado de actividad inmunológica y las características del paciente. La comprensión detallada de estos medicamentos permite optimizar el manejo de las enfermedades glomerulares y mejorar el pronóstico renal a largo plazo.
Referencia
Kant, S., Kronbichler, A., & Geetha, D. (2022). Principles of immunosuppression in the management of kidney disease: Core curriculum 2022. American Journal of Kidney Diseases, 80(3), 393–405. https://doi.org/10.1053/j.ajkd.2021.12.011

